Cuentan los abuelos —de esos que saben mucho— que, cuando se acerca la Navidad, una pequeña criatura llamada Bailón-Bailón baja silenciosa desde las montañas más altas.
No es duende.
No es espíritu.
Es el guardián de la madera alegre.
Dicen que viaja con pasos ligeros, tarareando una melodía que solo los árboles pueden entender. Allí donde llega, la madera despierta. Los tablones se acomodan solos, las cuerdas encuentran su camino, y las luces se encienden como si el corazón del bosque latiera una vez más.
Y cuando Bailón-Bailón visita una casa…
No deja cajas.
No deja comida.
Deja un árbol como este.
Un árbol de madera simple, cálida y viva.
No pesa.
No muere.
Permanece.
Como lo que realmente importa:
La familia. La risa. La unión. La Navidad sin prisa.
Así que, si un día despiertas y ves un árbol de madera en tu sala… Tal vez —solo tal vez—
Bailón-Bailón pasó por tu casa.